Sentí en el sueño una presencia próxima a atravesar el umbral de este mundo para encaminarse hacia otro universo u otra vida u otra dimensión. Con una tristeza indescriptible, confiaba en que su madre se recuperaría de su ausencia. Sentía la incertidumbre de no saber hacia dónde iría y por qué venía por él la muerte inesperada. Entró a mi cuarto, lo vi de pie frente a mi cama, triste, apesadumbrado, de ojos calmos, manifestó su figura como Daniel Héroe del Silencio y así pude ver sus tristezas a través de las tristezas de Daniel. Nos sentamos juntos en algún no lugar.

—Creo que hoy me morí— me dijo— ¿Será que sólo estoy soñando?

Si él dudaba de su muerte, yo, por consiguiente, dudé de estar viva, sentí que había muerto también. A pesar de la muerte o gracias a ella, no quedaba más que conversar un rato y pasarla bien con quienes aún pudieran vernos, así que el sueño se transformó en fiesta, tomamos cerveza, pusimos música, celebramos de noche a las afueras de la iglesia de una vereda, hasta que se nos olvidó que nos habíamos muerto. Muchos amigos podían vernos y cada vez llegaba más gente. Sentí el alma tranquila, casi puedo asegurar que sentíamos lo mismo. Luego, imágenes funestas llegaron a nuestra sonrisa y vimos la habitación sombría, el techo alto, una puerta pesada de roble, una cama tendida sin nadie en ella y unos habitantes de este castillo modesto pasando frente a ella en silencio. Cristian Zapata andaba con nosotros.

—¿Cómo sabemos si de verdad hay alguien muerto? — preguntó.

—Si Daniel siente que está muerto, y yo ahora siento lo mismo, de pronto también tú estás muerto o tal vez los tres estamos vivos.

Ahora Cristian Zapata también dudaba de estar vivo.

—Estoy vivo o estoy muerto, o estoy en un lugar donde no hay vida ni muerte.

Caminamos por un cementerio y vimos la tumba de Daniel, mas no vimos la nuestra. Un escalofrío me recorrió, tuvimos la certeza de que moriríamos también. Miré a Daniel en el cementerio, ya no era Daniel, era otro hombre joven, tenía el alma pura y un espíritu fuerte. 

Me despertó el teléfono. Quise dormirme otra vez para saber quién había muerto, pero no me lo dijo el sueño, me lo dijo mi mamá, un amigo de mi hermano y de Laura había muerto la noche anterior, vivía a dos cuadras de nuestra casa.

La navidad es devastadora en Medellín, siempre la muerte recorre las calles.


Año 20